Una experiencia personal sobre la historia
January 22nd, 2008
En el colegio nunca me gustaron las matemáticas, nunca fui bueno resolviendo problemas de trigonometría o dibujando figuras raras que reproducían, según mi profesora, la geometría en el espacio. Nunca fui bueno con los números hasta que tuve que aprenderlos a la fuerza para ingresar ala universidad. Aun no sé si fue por mi irremediable incompatibilidad con los números o si fue porque tuve la mala suerte de tener malos maestros siempre durante el tiempo que la educación me tuvo de la mano.
En primaria elemental recuerdo que el profesor era un tipo bastante desganado, parecía que enseñaba las matemáticas a la fuerza y no porque le gustaba, era muy renegón y se enfadaba hasta expresarlo en gritos con el que salía a la pizarra y se equivocaba al resolver algún aburrido problema. Estuve casi cuatro años con ese profesor y fue por culpa suya que los números dejaron de gustarme. O era muy difícil para mi capacidad lo que enseñaba o mi capacidad hacia muy difícil aprender lo que me enseñaba, no lo sé. A lo mejor era necesaria alguna educación especial que me permitiera aprender las matemáticas de manera excepcional, quizás; pero de ese profesor no aprendí nada más que a odiar las matemáticas.
Y si las matemáticas no me gustaban; las letras sí. Me fascinaba la literatura, la geografía y las artes. Principalmente me fascinaba la historia. Tuve una profesora que ya no recuerdo su nombre, pero que recuerdo claramente sus fabulosas clases. Era una profesora muy linda y muy alegre y cada clase de historia suya era como asistir a un cinema a ver una película que siempre terminaba con la típica frase de “esta historia continuará”, era divertida y contaba los sucesos históricos como si contara un cuento, hacia mímicas y gestos interpretando a los personajes que tocaban en la clase, nos entregaba recortes y afiches sobre los temas y luego nos hacia preguntas sobre algunas dudas o partes de la historia que no habíamos comprendido mucho. En la clase muchos le mentíamos y le decíamos que no habíamos comprendido tal parte, la idea era que nos vuelva a contar la historia. Fue ella la culpable de que en encariñara tanto con la historia y con los libros también, porque luego de sus clases volaba a la biblioteca o a los libros de mi abuelo a buscar más información sobre lo que la profesora contaba, buscaba dibujos enormes sobre las guerras y batallas e imaginaba como lo contaría la profesora. La adoraba.
Tenía un estilo muy teatral de contar las cosas y una voz suave y coqueta que parecía acariciar los oídos. Quizás era la forma perfecta de transmitir información para una educación infantil, quizás era porque la profesora era sencillamente extraordinaria, pero esas clases que llevé durante casi tres años con esa profesora y que con ella viví las mayores guerras y revoluciones del mundo, fueron inolvidables y sembraron en mí el entusiasmo por la lectura y la investigación. Las clases de historia fueron para mi una oportunidad para despegar de este mundo y viajar por medio de la voz y la fantasía a los hechos más grandes de la historia.